
INVITACIÓN
Bolivia
en la Feria Internacional
del Libro de Buenos Aires
En
el marco de la 34 Feria Internacional del Libro de Buenos
Aires, La Embajada de Bolivia en la Argentina, invita
a la conferencia del escritor boliviano Manuel Vargas:
“Víctor
Hugo Viscarra: Un escritor boliviano del submundo”
Día:
11
de mayo
Hora:
15:30
Sala:
Sala Julio Cortazar, Pabellón Ocre.
Libros
de autores bolivianos en Stand No 406, Pabellón
Azul
DATOS
DEL CONFERENCISTA Y ESCRITOR: Manuel Vargas Severiche.
Nació
en Vallegrande, (Santa Cruz), Bolivia. Escritor independiente
y editor de publicaciones literarias y educativas.
Publicaciones
-
2008: Música de zorros (novela)
- 2007:
Historia de Bolivia (ensayo)
- 2006:
Nocturno paceño (novela)
- 2005:
Historias de gente sola, Retratos de familia (libros
de cuentos)
- 2003:
Los descubrimientos de Domingo Segundo (novela corta
para niños)
- 2001:
Doce cuentos recontados (Cuentos populares adaptados
a los niños).
- 1996:
Andanzas de Asunto Egüez (novela).
- 1995:
Pilares en la niebla (trilogía de novelas: Rastrojos,
Callejones y Otros ámbitos).
- 1987:
Cuentos tristes (Premio nacional de cuento 1980, tres
ediciones. Traducido al croata, 2005).
- 1980:
El sueño del picaflor (Fábula para niños,
tres ediciones)
- 1975:
Cuentos del Achachila (Fábula, tres ediciones)
- 1995:
Die Heimstatt des Tío, Erzhählungen aus
Bolivien, Zürich.
- 1995:
Antología del cuento boliviano moderno, La Paz.
- 1997:
Antología del cuento femenino boliviano, Los
Amigos del Libro, La Paz.
- 1998:
Cuentos para niñas y niños. Muela del
diablo, La Paz.
Premios
obtenidos
-
1980: Primer Premio Nacional de Novela “Franz
Tamayo” y Segundo Premio Nacional de
- Novela
“Erich Guttentag” con su obra Rastrojos.
- Primer
Premio Nacional de Cuento, “U.T.O.”, por
su libro Cuentos tristes.
Su
obra aparece en varias publicaciones en extranjeras.
Víctor
Hugo Viscarra
Falleció
el 2006 en La Paz Bolivia a causa de una cirrosis avanzada
a los 49 años. A diferencia de muchos "escritores
del submundo urbano", Viscarra contó lo que
vivió a través de sus libros: "Coba.
Lenguaje secreto del hampa boliviano" (1981), "Relatos
de Víctor Hugo" (1996), "Alcoholatum
y otros drinks" (2001), "Borracho estaba pero
me acuerdo" (2003) y "Avisos necrológicos"
(2005). Nació el 2 de enero de 1958 y murió
el 24 de mayo de 2006. Él mismo escribió
el resumen más corto de su vida, que es la historia
común del oficio de escritor: "Pasé
a la posteridad, pero jamás a la prosperidad".

Vivo
en la calle y nunca tengo plata.
Soy un pobre muerto de hambre.
Entonces ¿Qué más realidad que esa
para escribir?
Victor Hugo Viscarra
ARTICULOS
SOBRE EL ESCRITOR VICTOR HUGO VISCARRA (YA FALLECIDO)
Memorias de Víctor Hugo
Por Ramón Rocha Monroy
Víctor
Hugo Vizcarra murió ayer en un hospital de La Paz.
Se lo llevó una cirrosis cultivada con esmero en
medio siglo de vida. Vivió un tiempo en Cochabamba
y nos desconcertó a todos, pues tenía la
traza de un bebedor marginal y sin embargo la agudeza
de alguien que es mucho más de lo que ha leído,
porque él aprendió lo que sabía dándose
de narices con la realidad (algunos dicen que desde su
nacimiento).
Lo acogió Alfredo Medrano, pero en justicia habría
que decir que más bien lo hospedó Sara María
(que tuvo así que lidiar con dos bohemios impenitentes).
No fue un acto de caridad cristiana, sino, como siempre,
un proyecto de los muchos que concibió mi finado
carnal Alfredo, pues, en su mejor estilo, convocó
a los amigos para respaldar la redacción de un
Diccionario de Coba, que Víctor Hugo escribió
con entusiasmo apelando únicamente a su memoria.
En los cien barrios de La Paz, Víctor Hugo había
aprendido a batir este pintoresco argot del hampa boliviana.
Recuerdo que a la hora de editar el producto, Waldo Peña
Cazas aportó con un valioso estudio, y quizá
con precisiones gramaticales en cada una de las entradas
de esta obra valiosa.
Pero
la erudición marginal no agotaba el espíritu
de Vizcarra, pues paralelamente escribía relatos
autobiográficos que fueron reunidos en un libro
de título socarrón: "Memorias de Víctor
Hugo". Vizcarra no había gozado jamás
de la gloria o los medios del enormísimo poeta
francés, pero sí había vivido desde
niño en esa versión de la Corte de los Milagros,
que son las calles de La Paz nocturna.
Había
hecho sus primeras aproximaciones a la escritura bajo
el cobijo del también finado René Bascopé
Aspiazu; y luego siguió su camino solo, como un
samurai de la noche, sin otro techo que el frío
azur del cielo paceño ni otro camastro que un banco
en una plaza sin nombre. Desde niño había
soportado un agudo déficit de caricias, y ya adulto,
apenas pudo compensar esa carencia con amores súbitos
y fugaces. Quizá lograba integrarse en una u otra
pandilla de alcohólicos, pero su minuciosa soledad
le obligaba a vivir, escurridizo como un pez, en una frontera
entre varios mundos. Se sumergía en la noche y
poco después deslumbraba con sus libros, que eran
memorias de ultratumba, de un mundo desconocido y lejano
para el común. Así se publicó "Alcoholatum
& otros drinks", "Borracho estaba, pero
me acuerdo" y "Avisos necrológicos",
gracias a otro gran amigo y protector: Manuel Vargas.
La
Paz le brindó el homenaje que reserva para aquellos
seres que definen su ser más íntimo, como
Arturo Borda, Jaime Saenz o el Picasso. El tiempo suplementario
que le otorgó el Árbitro de nuestras vidas
estuvo satinado de homenajes en la Feria del Libro, en
la Carrera de Historia de la Normal Simón Bolívar,
pero mucho más en el Bocaisapo y otras memorables
tabernas.
Se
mató sin apuro, día a día, sin clemencia
ni cuartel con su cuerpo, y éste logró acompañarlo
durante 48 años. Cómo solía decir,
Víctor Hugo no era un AA, era un BBC: ningún
alcohólico anónimo sino un borracho bien
conocido; atributo que de ningún modo agota el
dramático sentido de su existencia, pues era también
el rostro innombrable pero insoslayable que procuramos
disimular cambiando angustiosamente de máscaras
cada día.
Víctor
Hugo Viscarra o el corcho de la fama
Por
Manuel Vargas
Hace
ya algunos años, por esos azares del destino, la
escritora Marcela Gutiérrez llegó a tener
en su poder un cuaderno de anotaciones de Víctor
Hugo Viscarra, quien abandonó el infierno de La
Paz para irse al de Cochabamba. Era uno de los pocos cuadernos
salvados de sus periodos de borrachera. De ese cuaderno
escogimos para Correveidile un cuento (“Anoche,
en un putero”) que después fue representado
por el actor Jorge Ortiz en una de las presentaciones
de la revista. Presentación memorable que a más
de uno dejó con un nudo en la garganta, pues no
creíamos lo que estábamos viendo: un gordo
pelado bajo las luces del escenario del Goethe Institut
de La Paz, que se lanzó a repetir el cuento con
pelos y señales, sentado en una silla, en cuyo
espaldar dejó colgado su pantalón.
Minutos
antes del acto, Jorge Ortiz me dijo: “¿No
habrá problema, no? Mi presentación va a
ser un poco dura.” “¡De eso se trata!”,
repuse, sin saber de qué exactamente se trataba.
Claro, el inspirador de todo eso fue Víctor Hugo
Viscarra.
Meses
después hasta escuché que se había
muerto en Cochabamba. Lo cual no es raro, pensé
yo, con cierto estupor mezclado de humor negro, dada la
vida que lleva... Y me apenó pensar que ya no iba
a poder verme más con él para charlar, para
leer sus cuadernos aún no perdidos y hasta para
hacerle una entrevista, tal vez mejor que la que le hicimos
hace cerca de veinte años para el Canal 13 Televisión
Universitaria. Así de interesados y oficiosos somos
a veces los humanos.
Con
curiosidad y temor, fui un día a buscar a don Alberto,
un ciego de la calle Comercio, a preguntar por Víctor
Hugo y a saber si él sabía las malas noticias.
Él me dijo que el susodicho seguía vivo
en Cochabamba. Y en efecto, a los pocos meses, cuando
yo andaba por Cochabamba, me fue a encontrar, en cuerpo
y alma, a la salida de algún acto cultural de esos
que a él no le caen para nada.
Ignorado
por quienes manejan la opinión y los medios, él
también los ignora y dice lo que le da la gana,
o mejor dicho, lo que sale de una profunda vivencia de
situaciones límite adonde pocos han llegado, no
por vanidad ni por curiosidad intelectual, sino porque...
él es de allá.
Entonces
apareció de regreso por La Paz, buscando que alguien
le publique “algo” de lo que había
escrito. Es así que, un día, me vi en posesión
de un voluminoso amarro de papeles: desde poesías,
relatos, y definiciones de palabras en coba, dibujos,
fotografías, hasta suplementos y recortes de periódicos,
memorias, cartas y direcciones de casas de placer. Sí,
ahí estaban sus memorias, pero él no quería
publicar sus memorias, sino sus cuentos.
Metí
el amarro en una caja de cartón, en espera del
momento oportuno. Meses después, comencé
a clasificar y a leer textos escritos a mano o a máquina,
cuadernos y hojas sueltas. Había que guiarse por
números, por letras, por el tipo de hoja o de lapicero,
para lograr armar un relato y saber si estaba completo
o ya mutilado para siempre. Y se fue armando un grupo
de cuentos y relatos, o recuerdos, o casos, que de todas
maneras conformaban una unidad. Luego, la transcripción,
un nuevo ordenamiento y la selección final de los
textos. Y a la imprenta. Y había que buscarle un
título. Claro, todo olía a alcohol. Uno
de los títulos de los cuentos traía el término
Alcoholatum, y la palabra drinks andaba por varias páginas.
Germán Araúz, el escritor paceño,
pudo resumir todo ese mundo en un título: Alcoholatum
& otros drinks.
En
el año 2001 se publicó el libro, y (abreviaremos
este recuento), llegó el éxito: de lectores,
de la crítica más exigente, de ventas. Uno
nunca sabe, pero estas cosas pueden ocurrir en Bolivia
de vez en cuando. Lo demás ya es otra historia.
Ediciones Correveidile, después de haber publicado
la revista del mismo nombre desde 1996, había comenzado-continuado
con buen pie en esta nueva aventura.
Pasado
el ch’aki (la resaca), dijimos a Víctor Hugo:
Ahora sí, publicaremos tus memorias. Los originales
desaparecieron, luego volvieron, y poco a poco, se fueron
transcribiendo y ordenando. Y otra vez, fue el perito
en títulos Germán Araúz quien bautizó
el nuevo libro: Borracho estaba, pero me acuerdo. Ni modo,
no podíamos sustraernos al olor de los tragos.
¿Qué
más podía llamarse un libro de memorias
del miembro más conspicuo y de más alta
graduación del INALESCHU? (Por sí acaso,
esta respetable institución fue creada en el entorno,
y bajo la inspiración etílica, del pintor
y aficionado a los tragos, don Edgar Arandia Quiroga.
Su significado: Instituto Nacional de Altos Estudios Chupísticos,
al cual, en ceremonia especial y en ocasión de
la presentación oficial del libro Alcoholatum,
fue incorporado el autor don Víctor Hugo Viscarra,
como miembro de número, saltando directamente al
grado de “cinturón negro” (véase
el significado de este grado en, ya no me acuerdo qué
página, del libro Borracho estaba….).
En
fin, Borracho estaba… ya es tan famoso como el refrán
que le dio origen y por lo tanto está en la boca
de todos. Inclusive, según los periódicos
paceños de Alasita 2003, nuestro libro ha sido
vilmente plagiado por un desconocido escribidor, parece
que llamado Jaime Paz Zamora, quien, si es que realmente
existe y no es una patraña del Ekeko, como castigo
a su atrevimiento, nunca podrá pertenecer a nuestra
respetada y querida organización INALESCHU.
Quiera
o no quiera, don Víctor Hugo es ahora un mimado
de la fama, pero a él sigue sin importarle un corcho.
Murió
Viscarra, queda su obra por redescubrir
Por:Michel Zelada Cabrera
Hace 10 años que conocí personalmente a
Víctor Hugo Viscarra, cuando él difundía
sus “Relatos de Víctor Hugo”, un volumen
de cuentos que acababa de salir de la imprenta con memorables
relatos como “Yo casto” o “Anoche, en
un putero”.
Si
bien ya tenía referencias del autor, famoso por
su “Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano”,
fue una gratísima experiencia el estrecharle la
mano, acto que marcó una larga amistad con el autor
de “Borracho estaba pero me acuerdo”.
Una
cirrosis y otras complicaciones lapidaron su cuerpo hasta
llevarlo a la tumba. Viscarra no resistió más
el embate de todas las desgracias que aquejaron su existencia
durante 48 años.
Con
su habitual buen humor, en su última visita a Cochabamba
(vino por unos días y se quedó dos meses)
con motivo de difundir su nuevo libro: “Avisos necrológicos”,
Viscarra reclamaba que Los Tiempos solo le había
dedicado una página, y los otros medios le dieron
hasta dos llanas. “No te preocupes Víctor
Hugo, cuando escriba tu homenaje póstumo te dedicaré
el suplemento entero”, le respondía también
en son de broma. Que lamentable y doloroso es, ahora,
tener que honrar esa promesa.
Victor
Hugo tuvo muchos y buenos amigos que lo acogieron y estuvieron
siempre prestos a darle una mano, sin embargo esa mirada
de profunda soledad que cargó hasta sus últimos
días no se la quitaba nadie.
Y
al recordar esa mirada uno se queda con una gran amargura
en la garganta, pensando que tal vez se podía hacer
algo más para cambiarla o, por lo menos, para distraerla
por unos momentos.
Pero
ya es tarde, Viscarra pasó a ese territorio tan
recurrente en sus relatos y con el que se codeó
día a día durante toda su vida: el territorio
de la muerte. Quedan por hacer los homenajes póstumos.
Es
cierto que llamaba fuertemente la atención la forma
de vida que llevaba Viscarra, desapegado de su propia
existencia, irónico y mordaz al extremo cuando
se apropiaba de la palabra, además de bebedor insaciable.
Sin embargo, es en sus libros donde uno encuentra y conoce
la verdadera dimensión de la personalidad y la
capacidad del escritor paceño.
Su
descarnada prosa, sus descripciones aterradoramente realistas
hasta el escalofrío, sus personajes que habitan
“el otro lado de la frontera” (alcohólicos,
prostitutas, cargadores, niños de la calle, e incluso
perros marginales), causan una conmoción sin precedentes
en quien lee sus escritos.
Un
fragmento de “Recuerdo perdido en el deseo”
dice: “Y fue ese mismo alcohol el que en un momento
dado nos transformó de dos seres humanos en dos
animales en celo; y el baño de dicha cantina, sucio
y pestilente, donde se conjugaban vómitos y porquerías,
se convirtió en nuestro tálamo nupcial.
Tu te recostase sobre el inodoro, y mientras una de tus
manos se aferraba a mis espaldas, con la otra sujetabas
el picaporte de la puerta, mientras me susurrabas que
me apurase porque alguien podía sorprendernos en
pleno cachivache”. Y así es la literatura
de Viscarra. Va más allá de los estrechos
moldes o parámetros de la crítica o del
espanto que pueda causar en algunos colegas suyos que
le reclaman “mayores criterios estéticos”
o “mejor manejo de la estructura del lenguaje”.
La
producción literaria de un hombre que ha transitado
las calles, el alcohol y la marginalidad por más
de 40 años no puede ser diferente a su vivencia,
y eso es lo que hizo Viscarra en sus cinco libros: Los
ya citados “Coba…”, “Relatos de
Víctor Hugo”, “Borracho estaba pero
me acuerdo”, además de “Alcoholatum
& otros drinks” y “Avisos necrológicos”.
Como
adivinando su pronta partida, el destinó mimó
a Víctor Hugo Viscarra en 2005: entrevistas por
doquier, aperturas en suplementos literarios, homenajes,
reportajes en la prensa internacional (lo bautizaron como
el “Bukowski boliviano”), además de
la edición de un nuevo libro (Avisos Necrológicos)
y la reedición de dos de sus obras.
Sin
embargo, gran parte de todo lo escrito sobre Viscarra
se concentra demasiado en su vida, en lo anecdótico
de sus vivencias, en su condición alcohólica
o en su estatuto de “escritor de lo marginal”.
Pero poco se ha dicho de su literatura.
Gran
parte de los periodistas que han abordado a Viscarra han
contado las “desventuras” de éste y
han hecho “literatura” con su vida, más
con afán de mostrar sus propias habilidades de
narradores que difundir apropiadamente la producción
narrativa de autor del “Coba”.
Sin
duda, la vida de Viscarra de hecho ya se constituye en
material invalorable para la anécdota y para una
novela del género negro. Un encuentro fugaz con
el escritor, un cruce de palabras y entre medio ironías,
ocurrencias, experiencias, paranoias y persecuciones:
un capítulo trascendental de un gran relato en
tres minutos de diálogo con Víctor Hugo.
Pero él no es sólo eso es, sobre todo, literatura.
Virginia
Ayllón es una de las pocas escritoras que, en forma
rigurosa y metódica, hace un análisis de
la producción literaria de Viscarra. Entre otras
cosas la académica dice “a la obra de Viscarra
le corresponde —y le falta— una mirada literaria,
despejando de una vez por todas esa mirada antropológica
que en realidad es una actitud antropófaga. Hay
que abandonar la mirada a la vida de este escritor y dejarse
asombrar a través de la lectura literaria de su
obra, dejar de perseguir el aura dejada por el escritor
e ir tras su escritura…”.
Por
fortuna la obra de Viscarra tiene un gran ejército
de lectores, al margen de periodistas y críticos,
que no permiten que los ejemplares se queden por mucho
tiempo en las vitrinas de las librerías. La edición
de “Borracho estaba pero me acuerdo” está
prácticamente desaparecida y quedan unos pocos
ejemplares de la segunda edición de “Coba”
y “Relatos de Víctor Hugo”.
En
noviembre de 2005, ignorando que las Parcas lo esperarían
para llevárselo en mayo de 2006, Viscarra escribió
en la dedicatoria de Avisos Necrológicos “…con
la amistad de siempre, este libro que no es el último”.
Y es que el escritor no descansaba en su afán de
recopilar material para futuros relatos. Armado de un
lapicero y un cuaderno escolar, permanentemente anotaba
detalles de sus vivencias diarias que luego se convertirían
en materia prima para futuros relatos.
Más
de una vez confesó que tenía material suficiente
para publicar otro libro. Más de una vez confesó
también que perdió sus manuscritos o que
le fueron robados en el “telo” que frecuentaba.
Víctor
Hugo Viscarra será recordado sonriente, ebrio o
sobrio pero siempre sonriente. Caminando por las calles
de La Paz o Cochabamba, buscando a esos extraños
personajes que se convertirán luego en protagonistas
de sus relatos. Con su cuaderno de apuntes, con la fotocopia
del último reportaje que le sacaron en la prensa.
Con sus enfermedades, con sus lentes desaparecidos, con
sus quejas, sus tristezas y… sus lágrimas.
La
obra de Víctor Hugo Viscarra
Los
“Bukowskis” altiplánicos cuentan las
cosas sin adornos...
El
boliviano Víctor Hugo Viscarra, con más
de 33 años viviendo en la calle, elige la calefacción
del averno porque el cielo es muy frío.
Sabe que morirá en la calle.
Solo como un perro, alcoholizado.
Estas son sus historias.
Paulina
Arancibia
Nación Domingo (Chile)
Testamento
Extraído
del libro "Alcoholatum y otros drinks"
Ante la proximidad del momento en que yo deberé
marchar en pos de horizontes más halagüeños
y promisorios, y como dicen que es menester y obligatorio
dejar a quienes se quedan con lo que no podremos cargar
hasta nuestra fosa, me he visto obligado a redactar una
especie de testamento donde haré constar, cláusula
por cláusula, la manera en que mis "bienes"
–es mi voluntad– deben ser distribuidos, cosa
que, después de muerto, no hayan quejas, peleas,
litigios o desavenencias que puedan enturbiar mi paso
de este mundo al otro. Para expresarlo mejor, ya que en
vida nunca me dejaron en paz –y conste que yo soy
paceño–, quiero que al menos en muerto me
dejen morir tranquilo.
Y a todo esto, cuando uno se va para no retornar, ¿por
qué siempre tiene que dejar constancia de sus bienes?
¿Será para apantallar a los demás
demostrando lo que uno tiene y los otros no? ¿Acaso
es un formulismo que hay que llenar para acceder al Purgatorio?
Recuerdo los casos de aquellos carnales míos que,
viviendo en paupérrimas condiciones y privándose
aún de lo necesario, una vez difuntos hicieron
conocer a los moros y a los que no lo son, que eran poseedores
de ingentes fortunas que fueron aprovechadas por las primeras
aves de rapiña que llegaron hasta esos botines.
Demás estaría el agregar que ellos fueron
enterrados en fosas comunes y hoy tan sólo viven
en el estómago de los gusanos que los devoraron,
aunque ellos fueron más huesos que carne por las
innumerables dietas forzadas a las que voluntariamente
se sometían.
Hace mucho tiempo –según cuentan las crónicas–
un avaro de esos, consciente del peligro que corría
su fortuna ante la proximidad de su deceso, recibió
el consejo de que, antes de morir, se la comiese o se
la bebiese. Y él, ni cojo ni manco, hizo caso y,
claro está, murió porque los billetes ingeridos
le causaron tal congestión estomacal que su agonía,
dicen, fue terrible.
Es por eso que, cuando aún me quedan fuerzas para
redactar la repartija de mis bienes, los entregaré
de acuerdo a las necesidades de mis herederos y las posibilidades
mías. Empecemos.Todos mis libros, absolutamente
todos, los dono a la Biblioteca de Alejandría,
puesto como los he perdido irremediablemente, presumo
que a ese lugar han ido a parar.
Aquellos libros que presté y no me los devolvieron,
¡ojalá! les sirva de mucho a los que, sufriendo
de amnesia, no recordaron que dichos textos tuvieron un
dueño original y si en un principio me sirvieron
como guías y educadores, tengo la remota esperanza
de que a ellos, a esos ex amigos, los saque del estado
de analfabetismo ancestral en el que yacen. Los textos
que me fueron robados, ignoro a qué manos han ido
a parar, quedan en calidad de perdidos, porque, ya que
no pude hacer nada para retenerlos, menos puedo hacer
para recuperarlos.
Mis pensamientos los cedo a la humanidad entera, no para
que los aprovechen sino para que aprendan cómo
en el más completo estado de abandono, un ser humano
puede cultivarse y educarse sin pasar por institutos,
universidades, simposios, congresos, postgrados, maestrías
y demás tucuymas.Todas mis deudas se las dejo generosamente
a mis acreedores, porque sabiendo que yo vine al mundo
sin traer nada ¿cómo voy a tener algo para
pagar deudas a otarios y prestamistas? Ya lo decía
mi ex amigo Ojo de Vidrio: "El deber es de caballeros
y el cobrar es de cholos".
Además, ¿por qué tendría que
pagar algo si no recuerdo haber recibido préstamo
alguno? Lo que sí sé es que cada obrero
es digno de su salario. Por lo tanto, lo único
que hice fue cobrarme las lecciones que les di, pues,
desasnándolos, los culturicé un poco (digo
"un poco", porque tampoco puedo hacer milagros
volviéndolos genios en dos patadas y un t’ajlle)
y ese tipo de vocación de servicio no tiene precio
conocido.
Las pocas ropas que poseo son sólo para mí,
porque si las cedo a alguien, ¿con qué voy
a cubrir mis desnudeces? Tuve mucha ropa y gran parte
la he obsequiado. Otras las presté y no me las
han devuelto. Las más fueron "nacionalizadas"
apenas yo abandonaba aquellos refugios espontáneos
donde, en las noches y en los días, iba a reposar
mi cansancio. Si bien en muchas oportunidades yo me jactaba
de poseer buenas colecciones de prendas de vestir, también
existen fechas como la presente, cuando las madrugadas
me sorprenden vistiendo tan sólo una muda de ropa.
Por eso es que determino que mis pobres harapos los dejen
conmigo. Que no se los lleven, que me permitan conservarlos.
Aunque, claro está, si a alguna persona les son
de utilidad todavía, se las entreguen, que yo,
solidario como el viento que sopla por igual a los mortales,
animales y minerales, creeré haber encontrado en
ese viento generoso, el abrigo que cubra mis partes púberes
y caliente mis anquilosadas extremidades.
A los que se jactaban y se jactan todavía de ser
mis enemigos, les dejo mi perdón, con la certeza
de que jamás tomé en cuenta sus malevolencias.
Siempre supe que es mejor no vivir amargado colocando
una venda de indiferencia a los ultrajes recibidos, perdonar
agravios e injurias para reconciliarse con Dios y con
el diablo y, por ende, con la propia naturaleza.
Mi pobre corazón, hecho pomada desde los tiempos
en que éramos ingenuos y cándidos y con
el que recorrimos los caminos de la frustración
y el desengaño, lo dejo a todas aquellas personitas
que se divirtieron hasta el cansancio con sus artimañas
y juegos sentimentales. A esas personitas que supieron
poner en práctica sus ardides y mañas femeninas,
lastimando a su gusto mis pálidos estertores personales,
para dejarme llorando mi desconsuelo en cantinas y chicherías,
donde estúpidamente yo moría ahogado en
ingentes cantidades de licor, resucitando en medio de
mi tragedia y volviendo a morir, mientras ellas, felices
y contentas.
Sólo a ellas les pertenecen los guiñapos
de mi devaluado corazón, los restos que quedaron
de mi compañero de caminos y amaneceres. Si ellas,
que fueron, son y serán siempre para mí
las criaturas más bellas que poblaron la tierra,
desean guardar leve memoria del único ser que las
ha adorado como a diosas, desde donde yo esté,
siempre irá para ellas una oración de agradecimiento
porque, con sus besos, sus mimos y sus desdenes, sus burlas
y sus palabras melodiosas, lograron darme el aliento y
fuerzas necesarias para que yo persista en ese camino
pedregoso de pretender ser amado, sin reconocer que amar
era algo que yo nunca había aprendido.
PARA
CONOCER MÁS ACERCA DE LA OBRA DE VICTOR HUGO VISCARRA:
Existe
un Blog dedicado a la memoria del genial escritor boliviano,
donde sus creadores le rinden justo honor pirateando todos
sus textos para todo el mundo.
Para
consultar los títulos de los libros bolivianos
que se exhiben en el stand 406 - Pabellón Azul
de la Feria del Libro:
Ver
listado completo ...
Para
mayor información sobre la 34 Feria Internacional
del Libro en Buenos Aires, solicitamos visitar:
http://www.el-libro.org.ar/
Agradeceremos
su gentil concurrencia y la difusión de este
evento.
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