INVITACIÓN

Bolivia en la Feria Internacional
del Libro de Buenos Aires

En el marco de la 34 Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, La Embajada de Bolivia en la Argentina, invita a la conferencia del escritor boliviano Manuel Vargas:

“Víctor Hugo Viscarra: Un escritor boliviano del submundo”

Día: 11 de mayo
Hora: 15:30
Sala: Sala Julio Cortazar, Pabellón Ocre.

Libros de autores bolivianos en Stand No 406, Pabellón Azul

DATOS DEL CONFERENCISTA Y ESCRITOR: Manuel Vargas Severiche.

Nació en Vallegrande, (Santa Cruz), Bolivia. Escritor independiente y editor de publicaciones literarias y educativas.

Publicaciones

  • 2008: Música de zorros (novela)
  • 2007: Historia de Bolivia (ensayo)
  • 2006: Nocturno paceño (novela)
  • 2005: Historias de gente sola, Retratos de familia (libros de cuentos)
  • 2003: Los descubrimientos de Domingo Segundo (novela corta para niños)
  • 2001: Doce cuentos recontados (Cuentos populares adaptados a los niños).
  • 1996: Andanzas de Asunto Egüez (novela).
  • 1995: Pilares en la niebla (trilogía de novelas: Rastrojos, Callejones y Otros ámbitos).
  • 1987: Cuentos tristes (Premio nacional de cuento 1980, tres ediciones. Traducido al croata, 2005).
  • 1980: El sueño del picaflor (Fábula para niños, tres ediciones)
  • 1975: Cuentos del Achachila (Fábula, tres ediciones)
  • 1995: Die Heimstatt des Tío, Erzhählungen aus Bolivien, Zürich.
  • 1995: Antología del cuento boliviano moderno, La Paz.
  • 1997: Antología del cuento femenino boliviano, Los Amigos del Libro, La Paz.
  • 1998: Cuentos para niñas y niños. Muela del diablo, La Paz.

Premios obtenidos

  • 1980: Primer Premio Nacional de Novela “Franz Tamayo” y Segundo Premio Nacional de
  • Novela “Erich Guttentag” con su obra Rastrojos.
  • Primer Premio Nacional de Cuento, “U.T.O.”, por su libro Cuentos tristes.

Su obra aparece en varias publicaciones en extranjeras.

Víctor Hugo Viscarra

Falleció el 2006 en La Paz Bolivia a causa de una cirrosis avanzada a los 49 años. A diferencia de muchos "escritores del submundo urbano", Viscarra contó lo que vivió a través de sus libros: "Coba. Lenguaje secreto del hampa boliviano" (1981), "Relatos de Víctor Hugo" (1996), "Alcoholatum y otros drinks" (2001), "Borracho estaba pero me acuerdo" (2003) y "Avisos necrológicos" (2005). Nació el 2 de enero de 1958 y murió el 24 de mayo de 2006. Él mismo escribió el resumen más corto de su vida, que es la historia común del oficio de escritor: "Pasé a la posteridad, pero jamás a la prosperidad".

 

Vivo en la calle y nunca tengo plata.
Soy un pobre muerto de hambre.
Entonces ¿Qué más realidad que esa para escribir?

Victor Hugo Viscarra

 

ARTICULOS SOBRE EL ESCRITOR VICTOR HUGO VISCARRA (YA FALLECIDO)

Memorias de Víctor Hugo
Por Ramón Rocha Monroy

Víctor Hugo Vizcarra murió ayer en un hospital de La Paz. Se lo llevó una cirrosis cultivada con esmero en medio siglo de vida. Vivió un tiempo en Cochabamba y nos desconcertó a todos, pues tenía la traza de un bebedor marginal y sin embargo la agudeza de alguien que es mucho más de lo que ha leído, porque él aprendió lo que sabía dándose de narices con la realidad (algunos dicen que desde su nacimiento).
Lo acogió Alfredo Medrano, pero en justicia habría que decir que más bien lo hospedó Sara María (que tuvo así que lidiar con dos bohemios impenitentes). No fue un acto de caridad cristiana, sino, como siempre, un proyecto de los muchos que concibió mi finado carnal Alfredo, pues, en su mejor estilo, convocó a los amigos para respaldar la redacción de un Diccionario de Coba, que Víctor Hugo escribió con entusiasmo apelando únicamente a su memoria. En los cien barrios de La Paz, Víctor Hugo había aprendido a batir este pintoresco argot del hampa boliviana. Recuerdo que a la hora de editar el producto, Waldo Peña Cazas aportó con un valioso estudio, y quizá con precisiones gramaticales en cada una de las entradas de esta obra valiosa.

Pero la erudición marginal no agotaba el espíritu de Vizcarra, pues paralelamente escribía relatos autobiográficos que fueron reunidos en un libro de título socarrón: "Memorias de Víctor Hugo". Vizcarra no había gozado jamás de la gloria o los medios del enormísimo poeta francés, pero sí había vivido desde niño en esa versión de la Corte de los Milagros, que son las calles de La Paz nocturna.

Había hecho sus primeras aproximaciones a la escritura bajo el cobijo del también finado René Bascopé Aspiazu; y luego siguió su camino solo, como un samurai de la noche, sin otro techo que el frío azur del cielo paceño ni otro camastro que un banco en una plaza sin nombre. Desde niño había soportado un agudo déficit de caricias, y ya adulto, apenas pudo compensar esa carencia con amores súbitos y fugaces. Quizá lograba integrarse en una u otra pandilla de alcohólicos, pero su minuciosa soledad le obligaba a vivir, escurridizo como un pez, en una frontera entre varios mundos. Se sumergía en la noche y poco después deslumbraba con sus libros, que eran memorias de ultratumba, de un mundo desconocido y lejano para el común. Así se publicó "Alcoholatum & otros drinks", "Borracho estaba, pero me acuerdo" y "Avisos necrológicos", gracias a otro gran amigo y protector: Manuel Vargas.

La Paz le brindó el homenaje que reserva para aquellos seres que definen su ser más íntimo, como Arturo Borda, Jaime Saenz o el Picasso. El tiempo suplementario que le otorgó el Árbitro de nuestras vidas estuvo satinado de homenajes en la Feria del Libro, en la Carrera de Historia de la Normal Simón Bolívar, pero mucho más en el Bocaisapo y otras memorables tabernas.

Se mató sin apuro, día a día, sin clemencia ni cuartel con su cuerpo, y éste logró acompañarlo durante 48 años. Cómo solía decir, Víctor Hugo no era un AA, era un BBC: ningún alcohólico anónimo sino un borracho bien conocido; atributo que de ningún modo agota el dramático sentido de su existencia, pues era también el rostro innombrable pero insoslayable que procuramos disimular cambiando angustiosamente de máscaras cada día.

Víctor Hugo Viscarra o el corcho de la fama
Por Manuel Vargas

Hace ya algunos años, por esos azares del destino, la escritora Marcela Gutiérrez llegó a tener en su poder un cuaderno de anotaciones de Víctor Hugo Viscarra, quien abandonó el infierno de La Paz para irse al de Cochabamba. Era uno de los pocos cuadernos salvados de sus periodos de borrachera. De ese cuaderno escogimos para Correveidile un cuento (“Anoche, en un putero”) que después fue representado por el actor Jorge Ortiz en una de las presentaciones de la revista. Presentación memorable que a más de uno dejó con un nudo en la garganta, pues no creíamos lo que estábamos viendo: un gordo pelado bajo las luces del escenario del Goethe Institut de La Paz, que se lanzó a repetir el cuento con pelos y señales, sentado en una silla, en cuyo espaldar dejó colgado su pantalón.

Minutos antes del acto, Jorge Ortiz me dijo: “¿No habrá problema, no? Mi presentación va a ser un poco dura.” “¡De eso se trata!”, repuse, sin saber de qué exactamente se trataba. Claro, el inspirador de todo eso fue Víctor Hugo Viscarra.

Meses después hasta escuché que se había muerto en Cochabamba. Lo cual no es raro, pensé yo, con cierto estupor mezclado de humor negro, dada la vida que lleva... Y me apenó pensar que ya no iba a poder verme más con él para charlar, para leer sus cuadernos aún no perdidos y hasta para hacerle una entrevista, tal vez mejor que la que le hicimos hace cerca de veinte años para el Canal 13 Televisión Universitaria. Así de interesados y oficiosos somos a veces los humanos.

Con curiosidad y temor, fui un día a buscar a don Alberto, un ciego de la calle Comercio, a preguntar por Víctor Hugo y a saber si él sabía las malas noticias. Él me dijo que el susodicho seguía vivo en Cochabamba. Y en efecto, a los pocos meses, cuando yo andaba por Cochabamba, me fue a encontrar, en cuerpo y alma, a la salida de algún acto cultural de esos que a él no le caen para nada.

Ignorado por quienes manejan la opinión y los medios, él también los ignora y dice lo que le da la gana, o mejor dicho, lo que sale de una profunda vivencia de situaciones límite adonde pocos han llegado, no por vanidad ni por curiosidad intelectual, sino porque... él es de allá.

Entonces apareció de regreso por La Paz, buscando que alguien le publique “algo” de lo que había escrito. Es así que, un día, me vi en posesión de un voluminoso amarro de papeles: desde poesías, relatos, y definiciones de palabras en coba, dibujos, fotografías, hasta suplementos y recortes de periódicos, memorias, cartas y direcciones de casas de placer. Sí, ahí estaban sus memorias, pero él no quería publicar sus memorias, sino sus cuentos.

Metí el amarro en una caja de cartón, en espera del momento oportuno. Meses después, comencé a clasificar y a leer textos escritos a mano o a máquina, cuadernos y hojas sueltas. Había que guiarse por números, por letras, por el tipo de hoja o de lapicero, para lograr armar un relato y saber si estaba completo o ya mutilado para siempre. Y se fue armando un grupo de cuentos y relatos, o recuerdos, o casos, que de todas maneras conformaban una unidad. Luego, la transcripción, un nuevo ordenamiento y la selección final de los textos. Y a la imprenta. Y había que buscarle un título. Claro, todo olía a alcohol. Uno de los títulos de los cuentos traía el término Alcoholatum, y la palabra drinks andaba por varias páginas. Germán Araúz, el escritor paceño, pudo resumir todo ese mundo en un título: Alcoholatum & otros drinks.

En el año 2001 se publicó el libro, y (abreviaremos este recuento), llegó el éxito: de lectores, de la crítica más exigente, de ventas. Uno nunca sabe, pero estas cosas pueden ocurrir en Bolivia de vez en cuando. Lo demás ya es otra historia. Ediciones Correveidile, después de haber publicado la revista del mismo nombre desde 1996, había comenzado-continuado con buen pie en esta nueva aventura.

Pasado el ch’aki (la resaca), dijimos a Víctor Hugo: Ahora sí, publicaremos tus memorias. Los originales desaparecieron, luego volvieron, y poco a poco, se fueron transcribiendo y ordenando. Y otra vez, fue el perito en títulos Germán Araúz quien bautizó el nuevo libro: Borracho estaba, pero me acuerdo. Ni modo, no podíamos sustraernos al olor de los tragos.

¿Qué más podía llamarse un libro de memorias del miembro más conspicuo y de más alta graduación del INALESCHU? (Por sí acaso, esta respetable institución fue creada en el entorno, y bajo la inspiración etílica, del pintor y aficionado a los tragos, don Edgar Arandia Quiroga. Su significado: Instituto Nacional de Altos Estudios Chupísticos, al cual, en ceremonia especial y en ocasión de la presentación oficial del libro Alcoholatum, fue incorporado el autor don Víctor Hugo Viscarra, como miembro de número, saltando directamente al grado de “cinturón negro” (véase el significado de este grado en, ya no me acuerdo qué página, del libro Borracho estaba….).

En fin, Borracho estaba… ya es tan famoso como el refrán que le dio origen y por lo tanto está en la boca de todos. Inclusive, según los periódicos paceños de Alasita 2003, nuestro libro ha sido vilmente plagiado por un desconocido escribidor, parece que llamado Jaime Paz Zamora, quien, si es que realmente existe y no es una patraña del Ekeko, como castigo a su atrevimiento, nunca podrá pertenecer a nuestra respetada y querida organización INALESCHU.

Quiera o no quiera, don Víctor Hugo es ahora un mimado de la fama, pero a él sigue sin importarle un corcho.

Murió Viscarra, queda su obra por redescubrir
Por:Michel Zelada Cabrera

Hace 10 años que conocí personalmente a Víctor Hugo Viscarra, cuando él difundía sus “Relatos de Víctor Hugo”, un volumen de cuentos que acababa de salir de la imprenta con memorables relatos como “Yo casto” o “Anoche, en un putero”.

Si bien ya tenía referencias del autor, famoso por su “Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano”, fue una gratísima experiencia el estrecharle la mano, acto que marcó una larga amistad con el autor de “Borracho estaba pero me acuerdo”.

Una cirrosis y otras complicaciones lapidaron su cuerpo hasta llevarlo a la tumba. Viscarra no resistió más el embate de todas las desgracias que aquejaron su existencia durante 48 años.

Con su habitual buen humor, en su última visita a Cochabamba (vino por unos días y se quedó dos meses) con motivo de difundir su nuevo libro: “Avisos necrológicos”, Viscarra reclamaba que Los Tiempos solo le había dedicado una página, y los otros medios le dieron hasta dos llanas. “No te preocupes Víctor Hugo, cuando escriba tu homenaje póstumo te dedicaré el suplemento entero”, le respondía también en son de broma. Que lamentable y doloroso es, ahora, tener que honrar esa promesa.

Victor Hugo tuvo muchos y buenos amigos que lo acogieron y estuvieron siempre prestos a darle una mano, sin embargo esa mirada de profunda soledad que cargó hasta sus últimos días no se la quitaba nadie.

Y al recordar esa mirada uno se queda con una gran amargura en la garganta, pensando que tal vez se podía hacer algo más para cambiarla o, por lo menos, para distraerla por unos momentos.

Pero ya es tarde, Viscarra pasó a ese territorio tan recurrente en sus relatos y con el que se codeó día a día durante toda su vida: el territorio de la muerte. Quedan por hacer los homenajes póstumos.

Es cierto que llamaba fuertemente la atención la forma de vida que llevaba Viscarra, desapegado de su propia existencia, irónico y mordaz al extremo cuando se apropiaba de la palabra, además de bebedor insaciable. Sin embargo, es en sus libros donde uno encuentra y conoce la verdadera dimensión de la personalidad y la capacidad del escritor paceño.

Su descarnada prosa, sus descripciones aterradoramente realistas hasta el escalofrío, sus personajes que habitan “el otro lado de la frontera” (alcohólicos, prostitutas, cargadores, niños de la calle, e incluso perros marginales), causan una conmoción sin precedentes en quien lee sus escritos.

Un fragmento de “Recuerdo perdido en el deseo” dice: “Y fue ese mismo alcohol el que en un momento dado nos transformó de dos seres humanos en dos animales en celo; y el baño de dicha cantina, sucio y pestilente, donde se conjugaban vómitos y porquerías, se convirtió en nuestro tálamo nupcial. Tu te recostase sobre el inodoro, y mientras una de tus manos se aferraba a mis espaldas, con la otra sujetabas el picaporte de la puerta, mientras me susurrabas que me apurase porque alguien podía sorprendernos en pleno cachivache”. Y así es la literatura de Viscarra. Va más allá de los estrechos moldes o parámetros de la crítica o del espanto que pueda causar en algunos colegas suyos que le reclaman “mayores criterios estéticos” o “mejor manejo de la estructura del lenguaje”.

La producción literaria de un hombre que ha transitado las calles, el alcohol y la marginalidad por más de 40 años no puede ser diferente a su vivencia, y eso es lo que hizo Viscarra en sus cinco libros: Los ya citados “Coba…”, “Relatos de Víctor Hugo”, “Borracho estaba pero me acuerdo”, además de “Alcoholatum & otros drinks” y “Avisos necrológicos”.

Como adivinando su pronta partida, el destinó mimó a Víctor Hugo Viscarra en 2005: entrevistas por doquier, aperturas en suplementos literarios, homenajes, reportajes en la prensa internacional (lo bautizaron como el “Bukowski boliviano”), además de la edición de un nuevo libro (Avisos Necrológicos) y la reedición de dos de sus obras.

Sin embargo, gran parte de todo lo escrito sobre Viscarra se concentra demasiado en su vida, en lo anecdótico de sus vivencias, en su condición alcohólica o en su estatuto de “escritor de lo marginal”. Pero poco se ha dicho de su literatura.

Gran parte de los periodistas que han abordado a Viscarra han contado las “desventuras” de éste y han hecho “literatura” con su vida, más con afán de mostrar sus propias habilidades de narradores que difundir apropiadamente la producción narrativa de autor del “Coba”.

Sin duda, la vida de Viscarra de hecho ya se constituye en material invalorable para la anécdota y para una novela del género negro. Un encuentro fugaz con el escritor, un cruce de palabras y entre medio ironías, ocurrencias, experiencias, paranoias y persecuciones: un capítulo trascendental de un gran relato en tres minutos de diálogo con Víctor Hugo. Pero él no es sólo eso es, sobre todo, literatura.

Virginia Ayllón es una de las pocas escritoras que, en forma rigurosa y metódica, hace un análisis de la producción literaria de Viscarra. Entre otras cosas la académica dice “a la obra de Viscarra le corresponde —y le falta— una mirada literaria, despejando de una vez por todas esa mirada antropológica que en realidad es una actitud antropófaga. Hay que abandonar la mirada a la vida de este escritor y dejarse asombrar a través de la lectura literaria de su obra, dejar de perseguir el aura dejada por el escritor e ir tras su escritura…”.

Por fortuna la obra de Viscarra tiene un gran ejército de lectores, al margen de periodistas y críticos, que no permiten que los ejemplares se queden por mucho tiempo en las vitrinas de las librerías. La edición de “Borracho estaba pero me acuerdo” está prácticamente desaparecida y quedan unos pocos ejemplares de la segunda edición de “Coba” y “Relatos de Víctor Hugo”.

En noviembre de 2005, ignorando que las Parcas lo esperarían para llevárselo en mayo de 2006, Viscarra escribió en la dedicatoria de Avisos Necrológicos “…con la amistad de siempre, este libro que no es el último”. Y es que el escritor no descansaba en su afán de recopilar material para futuros relatos. Armado de un lapicero y un cuaderno escolar, permanentemente anotaba detalles de sus vivencias diarias que luego se convertirían en materia prima para futuros relatos.

Más de una vez confesó que tenía material suficiente para publicar otro libro. Más de una vez confesó también que perdió sus manuscritos o que le fueron robados en el “telo” que frecuentaba.

Víctor Hugo Viscarra será recordado sonriente, ebrio o sobrio pero siempre sonriente. Caminando por las calles de La Paz o Cochabamba, buscando a esos extraños personajes que se convertirán luego en protagonistas de sus relatos. Con su cuaderno de apuntes, con la fotocopia del último reportaje que le sacaron en la prensa. Con sus enfermedades, con sus lentes desaparecidos, con sus quejas, sus tristezas y… sus lágrimas.

La obra de Víctor Hugo Viscarra

Los “Bukowskis” altiplánicos cuentan las cosas sin adornos...
El boliviano Víctor Hugo Viscarra, con más de 33 años viviendo en la calle, elige la calefacción del averno porque el cielo es muy frío.
Sabe que morirá en la calle.
Solo como un perro, alcoholizado.
Estas son sus historias.
Paulina Arancibia
Nación Domingo (Chile)

Testamento

Extraído del libro "Alcoholatum y otros drinks"

Ante la proximidad del momento en que yo deberé marchar en pos de horizontes más halagüeños y promisorios, y como dicen que es menester y obligatorio dejar a quienes se quedan con lo que no podremos cargar hasta nuestra fosa, me he visto obligado a redactar una especie de testamento donde haré constar, cláusula por cláusula, la manera en que mis "bienes" –es mi voluntad– deben ser distribuidos, cosa que, después de muerto, no hayan quejas, peleas, litigios o desavenencias que puedan enturbiar mi paso de este mundo al otro. Para expresarlo mejor, ya que en vida nunca me dejaron en paz –y conste que yo soy paceño–, quiero que al menos en muerto me dejen morir tranquilo.

Y a todo esto, cuando uno se va para no retornar, ¿por qué siempre tiene que dejar constancia de sus bienes? ¿Será para apantallar a los demás demostrando lo que uno tiene y los otros no? ¿Acaso es un formulismo que hay que llenar para acceder al Purgatorio? Recuerdo los casos de aquellos carnales míos que, viviendo en paupérrimas condiciones y privándose aún de lo necesario, una vez difuntos hicieron conocer a los moros y a los que no lo son, que eran poseedores de ingentes fortunas que fueron aprovechadas por las primeras aves de rapiña que llegaron hasta esos botines.

Demás estaría el agregar que ellos fueron enterrados en fosas comunes y hoy tan sólo viven en el estómago de los gusanos que los devoraron, aunque ellos fueron más huesos que carne por las innumerables dietas forzadas a las que voluntariamente se sometían.

Hace mucho tiempo –según cuentan las crónicas– un avaro de esos, consciente del peligro que corría su fortuna ante la proximidad de su deceso, recibió el consejo de que, antes de morir, se la comiese o se la bebiese. Y él, ni cojo ni manco, hizo caso y, claro está, murió porque los billetes ingeridos le causaron tal congestión estomacal que su agonía, dicen, fue terrible.

Es por eso que, cuando aún me quedan fuerzas para redactar la repartija de mis bienes, los entregaré de acuerdo a las necesidades de mis herederos y las posibilidades mías. Empecemos.Todos mis libros, absolutamente todos, los dono a la Biblioteca de Alejandría, puesto como los he perdido irremediablemente, presumo que a ese lugar han ido a parar.

Aquellos libros que presté y no me los devolvieron, ¡ojalá! les sirva de mucho a los que, sufriendo de amnesia, no recordaron que dichos textos tuvieron un dueño original y si en un principio me sirvieron como guías y educadores, tengo la remota esperanza de que a ellos, a esos ex amigos, los saque del estado de analfabetismo ancestral en el que yacen. Los textos que me fueron robados, ignoro a qué manos han ido a parar, quedan en calidad de perdidos, porque, ya que no pude hacer nada para retenerlos, menos puedo hacer para recuperarlos.

Mis pensamientos los cedo a la humanidad entera, no para que los aprovechen sino para que aprendan cómo en el más completo estado de abandono, un ser humano puede cultivarse y educarse sin pasar por institutos, universidades, simposios, congresos, postgrados, maestrías y demás tucuymas.Todas mis deudas se las dejo generosamente a mis acreedores, porque sabiendo que yo vine al mundo sin traer nada ¿cómo voy a tener algo para pagar deudas a otarios y prestamistas? Ya lo decía mi ex amigo Ojo de Vidrio: "El deber es de caballeros y el cobrar es de cholos".

Además, ¿por qué tendría que pagar algo si no recuerdo haber recibido préstamo alguno? Lo que sí sé es que cada obrero es digno de su salario. Por lo tanto, lo único que hice fue cobrarme las lecciones que les di, pues, desasnándolos, los culturicé un poco (digo "un poco", porque tampoco puedo hacer milagros volviéndolos genios en dos patadas y un t’ajlle) y ese tipo de vocación de servicio no tiene precio conocido.

Las pocas ropas que poseo son sólo para mí, porque si las cedo a alguien, ¿con qué voy a cubrir mis desnudeces? Tuve mucha ropa y gran parte la he obsequiado. Otras las presté y no me las han devuelto. Las más fueron "nacionalizadas" apenas yo abandonaba aquellos refugios espontáneos donde, en las noches y en los días, iba a reposar mi cansancio. Si bien en muchas oportunidades yo me jactaba de poseer buenas colecciones de prendas de vestir, también existen fechas como la presente, cuando las madrugadas me sorprenden vistiendo tan sólo una muda de ropa. Por eso es que determino que mis pobres harapos los dejen conmigo. Que no se los lleven, que me permitan conservarlos. Aunque, claro está, si a alguna persona les son de utilidad todavía, se las entreguen, que yo, solidario como el viento que sopla por igual a los mortales, animales y minerales, creeré haber encontrado en ese viento generoso, el abrigo que cubra mis partes púberes y caliente mis anquilosadas extremidades.

A los que se jactaban y se jactan todavía de ser mis enemigos, les dejo mi perdón, con la certeza de que jamás tomé en cuenta sus malevolencias. Siempre supe que es mejor no vivir amargado colocando una venda de indiferencia a los ultrajes recibidos, perdonar agravios e injurias para reconciliarse con Dios y con el diablo y, por ende, con la propia naturaleza.

Mi pobre corazón, hecho pomada desde los tiempos en que éramos ingenuos y cándidos y con el que recorrimos los caminos de la frustración y el desengaño, lo dejo a todas aquellas personitas que se divirtieron hasta el cansancio con sus artimañas y juegos sentimentales. A esas personitas que supieron poner en práctica sus ardides y mañas femeninas, lastimando a su gusto mis pálidos estertores personales, para dejarme llorando mi desconsuelo en cantinas y chicherías, donde estúpidamente yo moría ahogado en ingentes cantidades de licor, resucitando en medio de mi tragedia y volviendo a morir, mientras ellas, felices y contentas.

Sólo a ellas les pertenecen los guiñapos de mi devaluado corazón, los restos que quedaron de mi compañero de caminos y amaneceres. Si ellas, que fueron, son y serán siempre para mí las criaturas más bellas que poblaron la tierra, desean guardar leve memoria del único ser que las ha adorado como a diosas, desde donde yo esté, siempre irá para ellas una oración de agradecimiento porque, con sus besos, sus mimos y sus desdenes, sus burlas y sus palabras melodiosas, lograron darme el aliento y fuerzas necesarias para que yo persista en ese camino pedregoso de pretender ser amado, sin reconocer que amar era algo que yo nunca había aprendido.

PARA CONOCER MÁS ACERCA DE LA OBRA DE VICTOR HUGO VISCARRA:

Existe un Blog dedicado a la memoria del genial escritor boliviano, donde sus creadores le rinden justo honor pirateando todos sus textos para todo el mundo.

Para consultar los títulos de los libros bolivianos que se exhiben en el stand 406 - Pabellón Azul de la Feria del Libro:

Ver listado completo ...

Para mayor información sobre la 34 Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, solicitamos visitar:

http://www.el-libro.org.ar/

 

Agradeceremos su gentil concurrencia y la difusión de este evento.

Buenos Aires, 7 de Mayo de 2008

Embajada de Bolivia en la República Argentina
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